domingo, 6 de septiembre de 2009

Vere nuevos rostros...

Con el sol de los avellanos.

No creí nunca
Que vería brillar de nuevo a Venus
Sobre los techos lejanos del Regimiento
Ni que en la mañana
Reverdecieran los pasos de la infancia
Bajo esos pinos donde las ovejas lamen tiernamente el sol,
Ni que una voz adolescente
Me preguntara cómo se llaman las estrellas
A las que nunca me he preocupado de dar nombre.

Tú eres el mediodía misterioso
Del silencio de parque
Donde vemos luchar a un niño hace años con un ganso,
Allí el sol al abandonar los avellanos
Nos deja los relatos
De los muertos que amamos
Y se me reveló tu presencia
Con el mismo resplandor
Del hacha con que el amigo corta leña.

Alguien pasa silbando
Una canción que habla de nosotros.
Nunca me has preguntado qué será de nosotros:
Sólo me has preguntado el nombre de una estrella.

Junto a ti he sido quien debiera haber sido.

Jorge Teillier. De Los dominios perdidos.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Para celebrar una nueva era.

Yo Señor de la Lluvia
abro todas las aguas y las junto
sobre los viejos techos de tu reino
Yo Señor de los Vientos
me resuelvo entre todas las ruinas de tu ingenio
inútil como un gallo apachurrado y muerto
Yo Señor de la Hoguera
torno en aceite paja brea carbón de piedra
el corazón de tus hijos
los mejores
Yo canto Yo danzo Yo nombro las cosas
para que ya no seas
para que sólo seas
un pedazo de hielo bajo el sol.

Antonio Cisneros. De Como higuera en un campo de golf.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Lectura.

Yo no hablo del sol, sino de la luna
que ilumina eternamente este poema
en donde una manada de niños corre perseguida por los lobos
y el verso entona un himno al pus.
Oh, amor impuro! Amor de las sílabas y de las letras
que destruyen el mundo, que lo alivian
de ser cierto, de estar ahí para nada,
como un arroyo
que no refleja mi imagen,
espejo del vampiro de aquel que, desde la página
va a chupar tu sangre, lector
y convertirla en lágrimas y en nada:
y a hacerte comulgar con el acero.

De Leopoldo María Panero.

martes, 11 de agosto de 2009

En la vispera de no partir nunca

En la víspera de no partir nunca
al menos no hay que acomodar maletas
ni hacer planos en papel,
con acompañamiento involuntario de olvidos,
para el partir aún libre del día siguiente.
No hay que hacer nada
en la víspera de no partir nunca.
¡Gran sosiego de que ya no haya ni de qué sentir sosiego!
Gran tranquilidad la que ni sabe encoger los hombros.
Por todo esto, el haber pensado todo
es el haber llegado deliberadamente a nada.
Gran alegría de no tener necesidad de ser alegre,
como una oportunidad girada del revés.
¡Hace cuántas veces vivo
la vida vegetativa del pensamiento!
Todos los días sin linea.
Sosiego, sí, sosiego... Gran tranquilidad...¡
Qué reposo, después de tantos viajes, físicos y psíquicos!
¡Qué placer ojear hacia las maletas mirando como hacia nada!
¡Dormita, alma, dormita! ¡Aprovecha, dormita! ¡Dormita!
¡Es poco el tiempo que tienes! ¡Dormita!
¡Es la víspera de no partir nunca!

Fernando Pessoa.

martes, 21 de julio de 2009

La provincia del hombre.

Lo llamaré P.

Lo llamaré P., el pavo real práctico, y por unos momentos voy a verlo todo con sus ojos.
P. quiere demoler todos los cementerios, le quitan demasiado espacio.
P. quiere destruir todos los archivos para que nadie sepa quién vivió antes.
P. suprime la clase de Historia.
P. no sabe bien qué hay que hacer con los apellidos, mantienen despierta la idea de los padres, abuelos y otros muertos por el estilo.
P. no tiene nada contra las herencias, se trata de cosas de utilidad, pero no deben estar relacionadas con los nombres de sus antiguos dueños.
P. va más allá todavía que el filósofo chino Mo-Tse: está en contra de los entierros en general y no solamente en contra de la pompa de que van acompañados.
P. quiere la Tierra para los vivos; ¡fuera muertos! Incluso la Luna, monda y lironda, le resulta demasiado buena para ellos; pero a modo de transición podría emplearse este satélite como cementerio. Todo lo que está muerto es lanzado de vez en cuando a la Luna. La Luna como estercolero y cementerio. ¿Monumentos? ¿Para qué? Desfiguran plazas y calles. P. odia a los muertos; el lugar que ellos cogen; se extienden por todas partes.
P. tiene solamente amadas jóvenes. A los primeros signos de debilitación las echa.
P. dice: «¿Fidelidad?». La fidelidad es peligrosa, termina entre los muertos.
P. va por donde puede precedido por un buen ejemplo e inventa formas de crueldad que ponen los pelos de punta.
P. censura un periódico: así tendría que ser. Sin esquelas mortuorias, sin notas necrológicas.

P. que es muy rico, compra todas las momias y las aniquila públicamente y con sus propias manos.
P. sin embargo, no es partidario de matar, sólo es partidario de matar a los muertos.
P. escribe una nueva Biblia adaptando la antigua a lo que él considera las finalidades modernas. Se interesa también por otros libros sagrados y los expurga todos según sus concepciones.
P. se viste de manera que nunca recuerde a los muertos.
P. no se permite que en su casa haya ningún objeto cuyo origen sea conocido por los muertos.

P. destruye todas las cartas y fotografías de personas muertas en el momento mismo de morir éstas.
P. inventa un arte de olvidar que tiene gran eficacia.
P. no visita a los enfermos más que cuando ya están curados. Para los moribundos hay lugares secretos que nadie conoce o personas encargadas de cuidarse de ellos.
P. opina que nuestro trato con los animales es como debe ser. Es sólo lo que se hace con animales domésticos muertos lo que él rechaza y combate.
P. reclama una reeducación de los médicos.
Las especiales oraciones de P. Hay rasgos en Dios que él aprueba. A Cristo lo toma por un farsante.
P. anda de otra manera, como si no supiera nada de muertos.
P. está convencido de que la mirada de un muerto nos deja apestados para siempre y de que jamás vamos a curarnos de esta peste.
P. asegura que no envejecerá nunca porque hace caso omiso de los muertos.

Elías Canetti. La provincia del hombre.